Jordi Corominas
La emboscadura
El tiempo detenido

En este mundo  moderno, capitalista y global, y no juzgo estos adjetivos, en el que vivimos deprisa y corriendo, consumiendo tiempo, rodeados de relojes y de parábolas del tiempo que se nos va. No parece que se pueda hablar de algún lugar donde el tiempo se mueva a un ritmo más lento. No estamos acostumbrados a no tener reloj, a que la medida del tiempo sea distinta. Tenemos una prisa infinita.

Pero hay lugares donde el tiempo es otro, o eso nos parece, o nos parece que las maquinas que lo miden son distintas o están distorsionadas. No es la búsqueda del tiempo perdido, puesto que si lo hemos perdido ya no lo encontraremos jamás, solo podemos encontrar su recuerdo. Tampoco es el lugar donde lo perdemos. ¡Hay tantos lugares donde lo perdemos! Hablamos de lugares con el tiempo detenido.

Patagonia, no solo y no siempre es uno de esos parajes en los cuales los activos escaladores del siglo XXI viajan a buscar sus escaladas. Hay muchos más territorios con el tiempo detenido, pero tal vez no sean tan representativos como este lugar. Esos parajes donde el clima, la aclimatación, la dificultad nos obliga a estirar un tiempo que aquí en casa no estamos dispuestos a detener o perder. Lugares en donde en algunas ocasiones se encuentran largos tiempos de espera, como una estación de tren o parada de autobús del tiempo.

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Patagonia parece la peor elección para ir a escalar, para la acción, solo se espera. Entre cervezas, asados, lluvia y viento tenemos la impresión de que lo que hemos venido a buscar ya no nos interesa. Incluso hay gente que no aguanta esa tensión de la dejadez y no escalan nada o se vuelven a casa a buscar un tiempo rápido pero controlado por relojes. Pero hay quien aguanta aquí  meses. Cuando se espera demasiado y no avanzamos hacia nada es como si el tiempo se hubiese detenido, parado. El fin del tiempo, el fin del mundo. Y no es la muerte que es el lugar del olvido, porque aquí no se olvida nada, solo se para. Se espera  y desespera, o no.

Estamos dentro de una cabaña patagónica construida por escaladores o aventureros, o desventurados escaladores. Cabaña de troncos y plásticos dentro de un pequeño bosque, con trenzados de madera que tejen una maraña de troncos que sujetan los plásticos, que la hacen impermeable e impiden que penetre todo el viento. Construida para matar el tiempo no se sabe cuando, cumplió su función de entretenimiento y ahora sirve para que otros esperen, nadie la echara en falta, o siempre será recordada. Es un lugar al que no acude casi nadie, casi, por que nosotros estamos aquí. El suelo aún lleno de hielo del invierno apenas acabado, sus bancos para reposar nuestros sacos de huesos y su chimenea para caldear nuestra carne. De las traviesas de la techumbre cuelga el ya inútil material de escalada, así como la comida porteada y puesta fuera del alcance de las louchas.

Afuera en el bosque retorcido de lengas esta nevando, no hacia abajo, sino en todas direcciones; copos enloquecidos en los remolinos del viento, como un rebaño de monjas enfadadas1 que diría el poeta. La puerta medio rota no detiene la polvareda blanca que entra, una nieve fragmentada que se acumula en los rincones. No sabemos cuantos días llevamos aquí, las hojas del calendario se han detenido o han volado. Cuando sube la temperatura y el temporal lo permite buscamos leña en las inmediaciones embarradas. O miramos las superficies  inmaculadas cuando la nieve y el frio persisten y los animales siguen dormidos.

Y nosotros aquí adentro. En la tierra del fin del mundo. Contemplando las llamas, el humo, el crepitar del fuego. Mirando, mirando sin ver, esperando ya no sabemos para que. Nadie hay en los alrededores y hasta que no se calme la borrasca no podremos salir de aquí. La tetera tiembla en la lumbre. No hacemos nada. Mi compañero observa la hoguera y yo lo veo a el al lado del fuego y como las llamas nos observan a nosotros y a la oscuridad que nos mira. La totalidad del viento2 golpea como el oleaje de un océano delirante, como si tuviéramos sobre nuestras cabezas un mar furioso, un combate de nubes3, unas olas rugientes, irregulares, un mar caótico y desacompasado, una estruendosa ola gigante. Inmersos en una travesía, un camino, una andanza;  pero no nos movemos, no hay tiempo suficiente, lo que se mueve es el exterior, es un viaje fílmico, un sueño. Los arboles crujen como los muelles de una vieja cama, cama de amor de burdel o de muerte, todo se detiene, suenan como quejidos de los mástiles de un barco fantasma en la noche, dentro de la tormenta. Entre las olas de nieve, alguna rama se parte, se rasgan los troncos, las maderas podridas por tantos temporales. Naufragamos perdidos en la noche, balsa en un tiempo sin limites, sin dirección, sin destino, sin movimiento.

Es como una lección Zen; algunas veces la acción esta en la espera, no en agitarse.

John Fante 1
Roberto Bolaño 2
Jules Renard 3

 

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