Jordi Corominas
La emboscadura
C.R.A.M. 

Hoy hace un cristalino día de invierno. El cielo está construido de un compacto azul oscuro, casi palpable; surcado por una fría brisa del norte, que no es muy molesta pero que poco a poco se nos clava en la piel, como finas agujas de vidrio. El constante y rítmico deslizar de las pieles de foca, rompiendo los cristales de hielo de la escarcha, es el único sonido que escuchamos a parte de nuestra entrecortada respiración, que se convierte en humo en este frío amanecer, como si se escapase nuestro aliento. Estamos arrastrando un cargado y caótico trineo polar hacia el encuentro de una coloreada, lejana y solitaria baliza. Ella nos indicará el punto concreto donde tenemos que detenernos dentro de esta uniforme y monótona superficie blanca. Los seres humanos no dejan de sorprenderme, no estoy en el Ártico, ni en Siberia, estoy en un lago helado de nuestro Pirineo haciendo un tipo de alpinismo distinto al habitual.

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El C.R.A.M., el Centro de Investigaciones (Recercas en catalán) de Alta Montaña colabora con el  C.S.I.C. (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) no confundir con la serie televisiva de investigación policial (CSI). Es decir; aquí trabajan algunos de los científicos que se encargan de los estudios concernientes a la alta montaña en este país. Siempre me había imaginado a los científicos como viejos alquimistas con su gorro de cucurucho y rodeados de alambiques y pipetas. Pero estos otros son chicas y chicos jóvenes que lucen trajes de gore de colores y llevan memorias de ordenador para la recogida de datos. Eso si, como es fama en estas austeras tierras, se quejan de la poca preocupación del Estado hacia los científicos. Ellos tienen un pie cerca de la frontera pirenaica y la fuga de su cerebro no aparenta ser muy complicada.

Hemos salido en las últimas y gastadas horas de la noche, con la frontal encendida como si se tratara de una excursión habitual de esquí de montaña. Todo parece indicarlo: la ropa, los arvas, el bocadillo…..Pero nuestras mochilas van cargadas de tubos y tarros con líquidos desconocidos para mí, que no son ni vino ni bebidas isotónicas. En esta salida solo voy de pinche o ayudante; en realidad voy a curiosear que hacen estos oráculos del siglo XXI. Hoy hemos tenido suerte y el clima está apacible, tranquilo; si el tiempo hubiese sido deplorable habríamos tenido que salir de todas las maneras, pues hay que realizar el muestreo cuando toca, ya se sabe que la cumbre es la cumbre y no valen las excusas. Poco antes de llegar, y fuera del entorno de estudio, aprovechamos para hacer una parada para reponernos y organizarnos. Preparamos la pulka donde llevamos todo el material imaginable, no es de extrañar que si alguien nos ve se sorprenda, invoque la protección de alguna virgen y nos crea siervos de Satanás y de las malas artes. Aprovechamos este descanso para comer y beber un poco, así como mear; puesto que hacerlo en el lago podría alterar los datos que se pretenden recoger. Enseguida alcanzamos la baliza, final de nuestra marcha. Una vez en ella y tras un rato de paleo logramos abrir a nuestros pies un oscuro agujero de olas tenebrosas.

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Siempre había considerado todas las aguas de montaña iguales, en la sequedad mortal del planeta, además de transparentes, inodoras e insípidas: pues no.  Arrodillados en la nieve, como implorantes monjes del saber, pasamos la mayor parte del día metiendo y sacando tubos y cuerdas de las profundidades, sombrías, distantes, secretas de las aguas. La labor fundamental es coger temperaturas y muestras de líquido en todas las capas del lago. Pero lo que más me sorprende es cuando preparan, estos nigromantes, una especie de caza mariposas y lo tiran lastrado al hueco sombrio, para pescar como si fuésemos esquimales hambrientos en el ártico. Evidentemente lo que se pesca no son grandes mamíferos, ni fabulosos seres marinos, si no una microfauna rojiza casi imperceptible que desprende su olor a pescado en el aire tenue de las montañas.

Una vez acabados todos los muestreos recogemos y bajamos hacia el valle más cargados que a la subida, pues transportamos litros de agua en sus respectivos envases para que esta misma tarde sean examinados en el laboratorio. Además no tengo que caerme para que no desparramar las muestras recogidas, hoy por suerte la nieve no esta muy mal y me deslizo hacia el fin de la jornada con mi estilo habitual de esquí supervivencia.

Empiezo a darme cuenta de que esas transparentes aguas que yo suponía insulsas, están llenas de información, no solo de cómo es un lago si no de su evolución a lo largo del tiempo. Es otra forma de ver la montaña, en vez de conquistar cumbres, horarios o grados de dificultad se obtienen datos, que vistos en el ordenador son como cadenas montañosas de otra dimensión. Es otra medida de ver las cosas, tan fanática, absorbente y hasta ilógica  como cualquier otra. En vez de contemplar los lagos como una nota de color del paisaje, se estudia su composición para intentar explicar mejor este entorno que nos envuelve.

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