En principio la intención, para este otoño del 2008, era ir a escalar a otro lugar. Pero por problemas de permisos tuvimos que cambiar rápidamente de idea y buscar otro objetivo alpinistico. Echamos mano de la carpeta de proyectos en reposo y comenzamos a mandar correos electrónicos a los amigos, mientras ya gestionábamos los billetes de avión. Dos días antes de salir de casa, Rolo (Rolando Garibotti) nos manda un par de fotos de las paredes del Cerro San Lorenzo.

Primero estamos dos días en Buenos Aires para conseguir los mapas de la zona y así saber donde esta situada la montaña, y al mismo tiempo arreglar la obtención del pasaje de avión hacia Patagonia. Decidimos volar hacia El Calafate ya que es el lugar donde tenemos más amigos que nos pueden ayudar a organizar el viaje hacia la montaña, la cual esta situada en una zona menos comunicada que los lugares más habituales y turísticos del andinismo sudamericano.

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Hablando de las montañas Patagónicas, en el sentido del clima, se considera Patagonia Austral hasta el límite del Hielo Continental Norte en Chile. Más o menos a la altura de la línea divisoria de las provincias Argentinas de Santa Cruz y Chubut. Aún más al norte sigue siendo Patagonia pero el clima en las montañas ya no tiene nada que ver, es mucho más benévolo, como con igual medida empeora cuanto más al sur viajemos. El San Valentín, en territorio chileno, es la montaña más alta y el San Lorenzo es la que le sigue en altura y está en la divisoria fronteriza. A la vía normal, abierta en mil novecientos cuarenta y tres por el Padre De Agostini, y que cuenta con amplios glaciares, se accede por Chile. Pero a los paredones de más de mil metros de las caras sur y este se accede por el lado argentino.

En El Calafate acabamos de realizar las compras de comida que nos falta y organizamos el resto del viaje para llegar al pie de la montaña. Después de un día de boulder frente al lago y un asado típico del lugar nos despedirnos de los amigos. Uno de ellos, el “Pelao”, nos lleva hacia el norte, en su vehículo cuatro por cuatro, ya que no hay servicios de comunicación públicos en esta zona. Viajamos por la famosa ruta 40, que cruza toda Argentina de norte a sur. Medio por asfalto medio por tierra, con sus rectas interminables y sus tierras despobladas nos dirigimos a través de la pampa hacia nuestro objetivo. En un momento dado hay que coger un desvío hacia el Parque Nacional Perito Moreno. Son cien kilómetros de piedras, barro y nieve para adentrarnos en uno de los parques menos visitados de Argentina. En algún momento nos tememos quedar atascados en algún lodazal patinoso y finalizar aquí nuestras aspiraciones de escaladores. Por fin, al atardecer, un río nos corta definitivamente el camino y tenemos que descargar el todo terreno para montar nuestro campamento en medio de la pista puesto que todo lo demás es un barrizal.

Es veinticuatro de septiembre y hace apenas dos días que el invierno ha terminado en esta parte del mundo, por lo que aún hay mucha nieve y sentimos no haber traído los esquíes para bajar alguna de las laderas que se ven a la puesta del sol desde nuestro campamento improvisado.

cerro_sanlorenzo01Los días veinticinco y veintiséis los dedicamos a portear con ayuda del “Pelao”, pues traemos comida para aguantar por aquí cerca de un mes, ya se sabe que en Patagonia los tiempos de espera son muy largos. Del lugar en donde dejamos el vehículo hasta donde instalaremos el campo base apenas hay un desnivel de unos cuarenta metros, pero son cuatro horas de plano interminable con vadeo de río incluido, en estas frescas aguas que bajan de los glaciares. El campo base es una cabaña construida por los escaladores dentro de un pequeño bosque de lengas y ñires. La construcción es de plásticos y maderas, y tiene hasta una chimenea para poder caldear el ambiente, prueba del tiempo sobrante que han tenido nuestros predecesores en este lugar. La tienda la montamos un poco más allá, fuera del bosque intentando captar el mínimo calor que el sol desprende en esta época.

El día veintisiete nos despedimos del “Pelao” y hacemos nuestro último porteo. Cuando estamos probando el teléfono satélite, con nuestro amigo, nos llega un mensaje de Rolo: ¡El pronóstico de los próximos tres días es de buen tiempo! Nos entran las prisas y los nervios. ¿Que hacemos? Nos despedimos apresuradamente y realizamos el porteo. Por la tarde preparamos la mochila para aprovechar los próximos días en la montaña, en la Patagonia no se puede desperdiciar ninguna oportunidad, después de esta racha de ausencia de viento y nubes no sabemos cuando volverá el buen tiempo.

Al día siguiente el cielo esta despejado pero aún hace viento y frío. Vemos la montaña pero no la pared que queremos escalar. Cruzamos el lago que se forma al final del glaciar Lácteo, por suerte esta helado en esta época, ya que en verano hay que pasarlo remontando las morrenas laterales incomodas y resbaladizas. Esta lleno de grandes bloques de hielo como aprisionados en el frío, parece un paisaje antártico, plano y congelado. Emprendemos el ascenso hacia el pie de la arista sur este donde montaremos nuestro campo de altura a unos dos mil metros en un espolón de roca y nieve. Como de aquí seguimos sin ver la pared subimos unos metros más, para reconocer el camino de entrada al glaciar a pie de la tapia. La pared se ve grande y con muchas torres y canales, algunas de las cuales no llevan a ninguna parte, pero seguimos sin verla bien.

Ponemos el reloj para que suene pronto en la madrugada pero no lo oímos, son los inconvenientes de los relojes de pulsera con el brazo dentro del saco. Por fin hacia las tres de la mañana salimos. Nos costara un par de horas abrir huella en una nieve costra asquerosa hasta alcanzar la rimaya al pie de las primeras dificultades de la montaña. En medio de la oscura noche empezamos a subir por el corredor que nos parece más evidente. Hacia el amanecer nos damos cuenta de que no estamos donde queríamos, si no más a la izquierda de lo previsto. Después de un breve dialogo decidimos bajarnos, aunque así tal vez perdamos la oportunidad de hacer algo en esta montaña. Al pie de la pared podemos por fin estudiar su estructura y decidir bien por donde debe ir el mejor itinerario. De aquí a la cumbre son mil quinientos metros de canales de hielo y campas de nieve, lo que aun es un misterio es la parte superior que desaparece después de una cascada de hielo.

El día treinta iniciamos el segundo intento. A las doce de la noche salimos de la tienda con lo puesto: el material de escalada, el agua, la comida, la ropa y el infiernillo. Tenemos que hacer la ascensión sin parar a dormir por que no disponemos de margen de buen tiempo. Al tener la huella abierta del día anterior llegamos más rápido a pie de pared. Después de una pequeña discusión sobre el itinerario a seguir optamos por el terreno más fácil. Hay una posible variante más difícil a la izquierda, cuando rapelemos en el descenso veremos que se trata de un par de muros a noventa grados. Pero por suerte la desestimamos para ahorrar energía puesto que no sabemos que habrá arriba del todo de la pared, que es el terreno que aún no hemos visto desde ningún lugar. Cruzamos una divertida y tiesa rimaya para seguir por cuatro largos de hielo y nieve. Después nos encontramos con un amplio tramo de campas de nieve dura y tiesa donde vamos al ensamble. Realizamos varias diagonales hacia la izquierda que nos van colocando en el corredor central de la pared. Luego la dificultad vuelve a crecer y montamos alguna reunión. Vamos rápido pero la noche se desvanece a la misma velocidad y pronto empieza a amanecer. Estamos en la cascada de hielo que se ve desde el pie de la pared, serán dos tramos, por suerte no muy difíciles, que nos depositaran en la parte no vista de la muralla. Faltan unos seiscientos metros para la cumbre. Al ser cara este no nos hace mucha gracia la salida del sol, a pesar de desear que nos caliente un poco. Por suerte el sol esta como velado por unos transparentes girones de neblina de altura y eso hace que sea un día frío. Por fin, una vez remontada la cascada, vemos la parte superior que no es muy alentadora. Es un laberinto de torres y canales con el viento jugando a tirar la multitud de piedras sueltas que esta roca mediocre le proporciona. La escalada transcurre por finas canales de hielo, mixtos descompuestos y cascadas de barro helado entre el bombardeo de lo que el viento nos manda. Arriba se ven los hongos somitales típicos del país que cuelgan amenazantes. Tenemos suerte o intuición y vamos encontrando y siguiendo las canales que tienen salida y sin tropezar con dificultades extremas. Bastante arriba, tras una larga travesía, llegamos a la arista sur este. Aquí hay un par de largos de buen granito donde encontramos un par de pitones de la ruta sur africana, único itinerario que surca estas paredes. Después del último torreón de roca llegamos a un hongo donde damos por finalizada la ruta, son las tres de la tarde.

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Como no conocemos la bajada, puesto que con las prisas no hemos tenido ni tiempo de reconocerla, decidimos bajar por la misma ruta de ascensión. La idea original era recorrer primero la ruta normal para marcarla en el GPS y así tener asegurada la orientación en el descenso. Pero las cosas algunas veces no salen como los humanos disponemos. No nos hace ninguna gracia meternos de nuevo en el vacio que suponen los embudos de nieve que se abren a nuestros pies y desaparecen hacia el no visible pie de la pared. Pero no tenemos otra opción, hacia el Pacífico se ven ya las oscuras nubes del frente de mal tiempo que ya esta entrando. Así que sin llegar al hongo somital, que no se ve muy lejos, emprendemos el descenso. Serán unos treinta y cinco o cuarenta rápeles que nos llevaran toda la tarde y la noche entera. Ya en el primero de ellos un bloque de roca inestable es desplazado por las cuerdas y cae de una altura de unos diez metros sobre mi cabeza, el casco queda agrietado y mi cuello sufrirá durante quince días las consecuencias del choque. Principalmente serán abalakof lo más utilizado para emplazar las cuerdas, pero también pondremos algún pitón, un par de estacas y alguna punta de roca sobresaliente. Levábamos tres cuerdas, ya en previsión de que una de ellas seria enteramente sacrificada en la instalación de los rápeles, La suerte ha querido que se nos haya estropeado la cuerda más nueva, así que cincuenta metros de ella serán abandonados en esta pared. Hacia la parte final de la noche, tal vez debido ya al cansancio acumulado, tendremos nuestras dudas de por donde bajar un desplome en la oscuridad, pero por fin terminaremos los últimos rápeles por donde teníamos intención de hacerlo en un principio. Llegaremos al pie de la pared con las luces del amanecer del día uno de octubre, entre las coladas de nieve que caen de arriba y la ventisca del mal tiempo que ya esta entrando con fuerza.

Nuestra huella del glaciar ya se ha borrado y tenemos, con muy pocas ganas, que abrir una nueva pero por lo menos ya estamos en terreno llano. A unos metros de la tienda que dejamos en la base de la montaña tenemos que estar un rato sentados en la nieve esperando para que se despeje un poco el espeso manto de nubes y poder encontrarla. Por fin la vemos mientras es batida por el vendaval que en este espolón en el que estamos pega con fuerza. Unas cuantas horas más tarde, cansados y mojados pero contentos, llegaremos por fin al campo base en medio de la tormenta patagónica ya perfectamente establecida en la cordillera. Por fin podemos parar, beber y relajarnos. Después una semana de mal tiempo y mucho frío nos tendrá encerrados en la cabaña. Pero ya soñando con los amigos de El Calafate y el asado que haremos cuando nos reencontremos...

Jordi Corominas

Cerro San Lorenzo 3.705m. Patagonia Austral
Cerro San Lorenzo 3.705m. Patagonia Austral
Cerro San Lorenzo 3.705m. Patagonia Austral

 

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